La prensa y los medios de comunicación han sido, durante
largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra
el abuso de los poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales
-legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer
errores. Mucho más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y
dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las
violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las
libertades.
Pero en los países democráticos también pueden cometerse
graves abusos, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos
surjan del sufragio universal y la justicia -en teoría- sea independiente del
ejecutivo. Puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un inocente (¡cómo
olvidar el caso Dreyfus en Francia!); que el Parlamento vote leyes
discriminatorias para ciertos sectores de la población (como ha sucedido en
Estados Unidos, durante más de un siglo, respecto de los afro-estadounidenses,
y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud
de la “Patriot Act”); que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias
resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la
actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes
“indocumentados”).
En un contexto democrático semejante, los periodistas y los
medios de comunicación a menudo han considerado un deber prioritario denunciar
dichas violaciones a los derechos. A veces, lo han pagado muy caro: atentados,
“desapariciones”, asesinatos, como aún ocurre en Colombia, Guatemala, Turquía,
Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Por esta razón durante mucho tiempo se
ha hablado del “cuarto poder”. Ese “cuarto poder” era, en definitiva, gracias
al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes
periodistas, aquel del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar,
enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas,
injustas, e incluso criminales contra personas inocentes. Era, como se ha dicho
a menudo, la voz de los sin-voz.
Desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la
mundialización liberal, este “cuarto poder” fue vaciándose de sentido,
perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se
impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar
cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial
sino predominantemente financiero, en suma, un capitalismo de la especulación.
En esta etapa de la mundialización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre
el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el
individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.
El verdadero poder es actualmente detentado por un conjunto
de grupos económicos planetarios y de empresas globales cuyo peso en los
negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los
Estados. Ellos son los “nuevos amos del mundo” que se reúnen cada año en Davos,
en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las políticas de la gran
Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y
Organización Mundial del Comercio.
Es en este marco geoeconómico donde se ha producido una
metamorfosis decisiva en el campo de los medios de comunicación masiva, en el
corazón mismo de su textura industrial.
Los medios masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa
escrita, canales de televisión, internet) tienden cada vez más a agruparse en
el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación
mundial. (...)
Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de
conformar “grupos” para reunir en su seno a todos los medios de comunicación
tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades
de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la
comunicación y la información. (...)
En otras palabras, los grupos mediáticos poseen de ahora en
adelante dos nuevas características: primeramente, se ocupan de todo lo
concerniente a la escritura, de todo lo concerniente a la imagen, de todo lo
concerniente al sonido, y difunden esto mediante los canales más diversos
(prensa escrita, radio, televisión hertziana, por cable o satelital, vía
internet y a través de todo tipo de redes digitales). Segunda característica:
estos grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales o
locales.(...)
Preocupados sobre todo
por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros
poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un
“cuarto poder” ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las
disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político.
Tampoco desean ya erigirse en “cuarto poder” y, menos aun, actuar como un
contrapoder.
Si, llegado el caso, constituyeran un “cuarto poder”, éste se
sumaría a los demás poderes existentes -político y económico- para aplastar a
su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos.
La cuestión cívica que se nos plantea de ahora en adelante es
la siguiente: ¿cómo reaccionar? ¿Cómo defenderse? ¿Cómo resistir a la ofensiva
de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado a los ciudadanos y se
ha pasado con todos sus bártulos al enemigo?.
Es necesario, simplemente, crear un “quinto poder”. Un
“quinto poder” que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva
coalición dominante. Un “quinto poder” cuya función sería denunciar el
superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos,
cómplices y difusores de la globalización liberal. (...)
